Desde una perspectiva lineal, el problema es sencillo y se plantea con la siguiente pregunta: ¿están los ciudadanos en condiciones de incorporar el espíritu científico (el compromiso con el conocimiento, el régimen de objetividad, atender a lo que no es obvio, etc.) en sus deliberaciones públicas? ¿Es ello requisito necesario para la democracia? Sin embargo, al examinar las relaciones entre lo tangible (producción del conocimiento, publicación de documentos) y lo que se podría llamar intangible o no objetivo de acuerdo a los estándares admitidos (espíritu científico, valores etc.) la situación se hace compleja. En primer lugar, hay que considerar que un sistema para la ciencia y el conocimiento científico se da en un contexto social específico, como parte de una o varias culturas; en segundo lugar, que se rige por un conjunto de valores entre ciencia y sociedad, en ocasiones diferentes y hasta opuestos. Señalemos que lo que llamamos democracia tiene diversas connotaciones dependientes del tiempo y lugar desde donde la calificamos, y es discutible si los ciudadanos están o no calificados para decidir acerca de asuntos de la ciencia y el conocimiento, mismos que pueden ir desde los más sencillos y comprensibles, hasta problemas de alta complejidad muy especializados. Ello genera debates con gran ambigüedad, por ejemplo, el papel de la cultura (con lo que esto signifique) como moduladora o reguladora de las relaciones entre ciencia, democracia y valores.
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